Mi trabajo como terapeuta es una fuente constante de reflexión, descubrimiento, aprendizaje, emoción,afecto ... Cada vez que alguien me permite pasar a su "cámara sagrada" me honra y me da la posibilidad de aprender y comprender algo más, en ese camino compartido.Este es también un espacio para compartir ideas, aprendizajes, descubrimientos.
mail de contacto: silviajlerner@gmail.com
sábado, 27 de marzo de 2010
SEPARARSE
Muchas consultas provienen de conflictos de pareja, entre socios, entre familiares... En mi trabajo, a menudo me toca abordar cuestiones vinculares. Malestar, desencuentros, incomprensiones mutuas. Heridas infligidas de uno y otro lado. Siempre parece que es el otro “el que empezó”. Uno/a llega con el alma rota por el dolor de “lo que le hicieron”.
Revisamos las cosas. Buscamos abrir nuevas miradas. ¿Qué historia construyo con los acontecimientos? ¿Qué tipo de personaje soy en esa historia? ¿Qué lugar o contrapersonaje le asigno a mi partner? ¿Cómo estoy escuchando (o intepretando) lo que ocurre?...¿Qué consecuencias tiene para mí esa manera de mirar las cosas? ¿Qué otras interpretaciones posibles hay ante estas situaciones?…
Nuevas maneras de escuchar, de atender a lo que me hacen y me dicen suelen abrir nuevas posibilidades. Interpretaciones nuevas, emociones diferentes… Acciones distintas, generalmente más efectivas. Otros resultados.
Entonces se destraban conflictos que parecían eternos e inmodificables.
Pero no siempre podemos resolver las cosas. Hay relaciones que agotan su sentido, y otras que no tienen más sentido que agotar y agotarse.
Separarse es parte de la vida, de lo que alguna vez nos va a tocar. De una u otra manera, en uno u otro vínculo. Por lo tanto, no es algo que nacemos sabiendo, pero sí algo que nos toca aprender.
Separarse NO es fácil ni indoloro. Aún cuando sea necesario, como una operación. Me parece que no hay forma de que no duela. Y requiere un proceso - más o menos largo – de convalecencia o recuperación.
Siempre conlleva un mayor o menor grado de pena, de pérdida. Incluso uno se sorprende del dolor que trae separarse de una relación que ha sido, en sí misma, dolorosa o dañina.
Y, sin embargo, ahí está: primero la ansiedad o el temor de separarse, luego el dolor y el duelo.
Creo que no hay UNA forma de separarse, que cada vínculo inventa una forma, cada persona crea o descubre cómo puede separarse, del mismo modo que no hay dos experiencias de amor iguales, ni dos individuos idénticos.
Cuando algo o alguien desaparece del presente, queda – sin embargo – una forma de presencia del pasado, una noticia de su ausencia aquí y ahora de la que a veces cuesta desprenderse. Nos separamos realmente cuando aceptamos que el/la otro/a ya no existe en nuestro horizonte futuro.
Los recuerdos, la nostalgia, incluso el resentimiento, enredan el proceso de elaborar el duelo. También el no poder renunciar a los sueños y expectativas depositadas en la relación. A veces la pena es sustituida por la rabia, incluso el odio. Que es una manera encubierta de no separarse.
No es que haya recetas para poder hacer un duelo, pero hay algunas cosas a tener en cuenta. En primer lugar, hay que aceptar los hechos. Ir más allá del “No lo puedo aceptar. No puede ser”… Es lo que es.
El duelo tiene mucho que ver con soltar. Y para soltar, es necesario diferenciar lo que ha sido nutritivo de lo que ha sido tóxico en el vínculo, quedarse con lo bueno e ir liberándose de lo malo. Y para ello, hay que poder perdonar y perdonarse.
Otro aspecto del duelo y de la separación consiste en ir destrenzando lo propio de lo ajeno. Por eso una separación debe encaminarse, esencialmente, al encuentro con uno/a mismo/a.
Encuentro que, más de una vez, requiere de una reconstrucción personal, e incluso de una nueva construcción. Para que el Yo crezca y se expanda allí, en el espacio vacío que dejó el Otro.
domingo, 7 de marzo de 2010
DÍA DE LA MUJER
En celebración a la Vida
y al Amor
que genera nueva vida
a lo Receptivo que se abre
para cobijar lo Creativo
multiplicándose
al encuentro de los opuestos
que no lo son
cuando logran complementarse
a la Unidad
que sostiene – a veces invisible –
toda diferencia
¡¡QUE HAYA ALEGRÍA Y REALIZACIÓN
PARA NOSOTRAS
Y TODOS NUESTROS AMORES
PORQUE SOMOS CON ELLOS!!!
miércoles, 24 de febrero de 2010
EL UNICO ANIMAL RACIONAL...
La postura cartesiana nos hace suponer que toda acción humana es básicamente racional, que está guiada por la conciencia, y que es la razón la que nos conduce a la acción.
A partir del siglo XVI - y más especialmente en el XVII, XVIII Y XIX, - la razón fue ensalzada como la más elevada de las virtudes humanas. El racionalismo, derivado de esta postura, significó un modo de abordar la realidad que trajo un gran adelanto en términos científicos y tecnológicos, pero con considerables costos en otros ámbitos. Entre ellos, uno de los más graves consistió en que el hombre, considerándose “el único animal racional”, es decir único poseedor de lo que sería la mayor cualidad en la Creación, se proclamó a sí mismo dueño y señor de lo que le rodeaba, y se atribuyó el derecho de conquistar la Naturaleza, en su afán de “conocerla”. Recordemos la asociación bíblica entre “conocer” y “poseer”... Se estableció así el derecho a expoliar los recursos naturales, actitud que nos ha puesto hoy al borde del colapso ecológico a nivel planetario.
Por otro lado, desde comienzos del siglo XX, otros filósofos buscaron modos alternativos de considerar la esencia humana. Partiendo del punto de vista de que somos “seres EN el mundo” y “seres arrojados al mundo”(o sea, de algún modo inseparables de éste) Heiddegger desarrolló uno de sus conceptos fundamentales acerca del ser del hombre, a lo que llamó “Dasein”, (“ser ahí”, en sentido literal) refiriéndose al modo particular que tenemos los seres humanos de existir, de ser.
No somos seres arrojados al mundo del mismo modo que los objetos comunes: no estamos hechos de una vez y para siempre, sino que vamos haciéndonos a medida que vivimos e interactuamos con lo que nos rodea. No tenemos una esencia fija y predeterminada, sino que nos vamos haciendo fundamentalmente a través de nuestras elecciones y acciones. Y no podemos evitar elegir.
En este hacer, en este elegir, el lenguaje tiene una importancia fundamental. Podemos elegir porque podemos pensar, y pensamos porque el lenguaje existe y nos permite esta conversación interna privada, con nosotros mismos, que es el pensar.
Incluso nuestras emociones están apoyadas sobre determinadas conversaciones, juicios, opiniones, interpretaciones, que tenemos sobre las cosas... Consideramos que detrás de toda emoción hay una conversación que puede ser descubierta. Por eso se dice que vivimos en el lenguaje, que hacemos nuestra vida en el lenguaje, a través del lenguaje.
La vida que vivimos depende del modo en que consideramos quiénes somos, cuál es nuestra realidad, nuestras posibilidades, la historia que construimos sobre nuestro pasado y la narrativa que hacemos acerca de nuestro presente y nuestro futuro.
En ese sentido, somos particularmente responsables del modo en que nos paramos frente a la vida, sólo que habitualmente no somos del todo conscientes de estos hechos.
La vida que hacemos no es tan conciente ni tan racional como puede parecerle a algunos. Nuestra conciencia de las cosas y de nosotros mismos está entretejida con ideas y “cuentos” que creemos objetivos, que dicen acerca de quiénes somos, qué podemos, qué no podemos o merecemos, que pintan o construyen la realidad que damos por sentada y que no cuestionamos, aquello que consideramos verdadero. Y vivimos dentro del marco – generalmente estrecho – de nuestras propias creencias incuestionadas.
Por eso muchas de estas ideas o conversaciones internas habitan como en el sótano o la trastienda de nuestra mente, hablan en off , subliminalmente, nos dirigen, nos influyen sin que nos demos cuenta. A ese estar operando por fuera de nuestra atención y nuestra conciencia, le llamamos “transparencia”.
Pero eso ya es motivo de otro escrito.
sábado, 5 de diciembre de 2009
SER MADRE Y SEGUIR VIVIENDO...
Se puede ser madre y seguir viviendo... de otra manera.
Tener un hijo no implica solamente renunciar a cosas deseadas – trabajo, amigos, viajes... – sino reformular los deseos propios y de la pareja, en función de otros objetivos de vida.
Cuando uno decide tener un hijo, decide un cambio radical en el modo de vivir y en el modo de ser...Es una experiencia tan intensa y profunda que modifica nuestra identidad y nuestra realidad para siempre.
Como mujeres, sabemos o intuimos que eso es así. Que nuestros cuerpos no volverán a ser los mismos. Nuestra pareja tampoco. Nuestra cotidianeidad, menos.
Para algunas mujeres, tener un hijo significa enriquecer la vida y ampliarla. Para otras, sin embargo, despierta una especie de claustrofobia. Es como subirse a un tren del que no se puede bajar. La maternidad es un viaje de ida.
Y para la mayoría, suceden ambas cosas, y lo que prima es la ambivalencia. Deseo y temor. Anhelo y ganas de salir corriendo. Deberes y derechos mezclados.
No somos seres simples. La vida es vida en el conflicto, y nuestra tarea como seres humanos consiste en negociar constantemente entre múltiples (y encontrados) deseos, deberes, presiones sociales, exigencias del mundo externo. Si no se trata del conflicto maternidad vs. carrera, o maternidad vs. pareja, igual habrá algún otro conflicto que enfrentar. Nuestra madurez se va construyendo en función de la mayor o menor creatividad e inteligencia (emocional y de la otra) con que resolvemos esos conflictos. Y cuánto vamos aprendiendo también de nuestros errores, cuánto nos animamos a cambiar.
El supuesto conflicto entre ser madre “o” ser independiente puede pensarse de otro modo: se debería ser independiente para ser madre. Independiente en términos de autonomía, de capacidad de autoabastecerse y autosostenerse, de nutrir y hacer crecer la propia vida, de vincularse amorosamente con la pareja, con otros, con una misma. Y muy especialmente, de establecer relaciones de intimidad real, pero sin perderse en ellas.
En realidad, este aprendizaje va desplegándose y completándose también gracias a la relación con los hijos. Quizás la sociedad hoy nos sugiera que perdemos cosas importantes al tener hijos. Por nuestra cuenta nos toca descubrir cuánto ganamos.
Tener un hijo no implica solamente renunciar a cosas deseadas – trabajo, amigos, viajes... – sino reformular los deseos propios y de la pareja, en función de otros objetivos de vida.
Cuando uno decide tener un hijo, decide un cambio radical en el modo de vivir y en el modo de ser...Es una experiencia tan intensa y profunda que modifica nuestra identidad y nuestra realidad para siempre.
Como mujeres, sabemos o intuimos que eso es así. Que nuestros cuerpos no volverán a ser los mismos. Nuestra pareja tampoco. Nuestra cotidianeidad, menos.
Para algunas mujeres, tener un hijo significa enriquecer la vida y ampliarla. Para otras, sin embargo, despierta una especie de claustrofobia. Es como subirse a un tren del que no se puede bajar. La maternidad es un viaje de ida.
Y para la mayoría, suceden ambas cosas, y lo que prima es la ambivalencia. Deseo y temor. Anhelo y ganas de salir corriendo. Deberes y derechos mezclados.
No somos seres simples. La vida es vida en el conflicto, y nuestra tarea como seres humanos consiste en negociar constantemente entre múltiples (y encontrados) deseos, deberes, presiones sociales, exigencias del mundo externo. Si no se trata del conflicto maternidad vs. carrera, o maternidad vs. pareja, igual habrá algún otro conflicto que enfrentar. Nuestra madurez se va construyendo en función de la mayor o menor creatividad e inteligencia (emocional y de la otra) con que resolvemos esos conflictos. Y cuánto vamos aprendiendo también de nuestros errores, cuánto nos animamos a cambiar.
El supuesto conflicto entre ser madre “o” ser independiente puede pensarse de otro modo: se debería ser independiente para ser madre. Independiente en términos de autonomía, de capacidad de autoabastecerse y autosostenerse, de nutrir y hacer crecer la propia vida, de vincularse amorosamente con la pareja, con otros, con una misma. Y muy especialmente, de establecer relaciones de intimidad real, pero sin perderse en ellas.
En realidad, este aprendizaje va desplegándose y completándose también gracias a la relación con los hijos. Quizás la sociedad hoy nos sugiera que perdemos cosas importantes al tener hijos. Por nuestra cuenta nos toca descubrir cuánto ganamos.
viernes, 27 de noviembre de 2009
HACIA LA MATERNIDAD DEL SIGLO XXI, Cap. XI
Presentación del texto incluido como colaboración dentro del libro de Lía Lerner :
"VIVIR COMO MUJER ... Y CONVIVIR CON LOS HOMBRES",
Cuando me senté a pensar qué decir para esta presentación, me encontré con la dificultad de …¿Cómo se presenta un aporte personal dentro de la obra de otra persona? ¿Qué carácter tiene? ¿Qué y cuánto decir acerca de esta intervención?
Y en el trasfondo: ¿Cómo se habla de la maternidad dentro del espacio de la propia madre?...
Lo que sigue es el modo en que intenté responder a estas preguntas.
Cuando se es madre se produce algo peculiar: se dan al mismo tiempo dos fenómenos opuestos y coincidentes: se sale de la esfera de la propia madre, y se vuelve a ella. Se sale del lugar de la hija niña, que sólo debe conservarse en la medida en que permite comprender mejor la sensibilidad y las necesidades del hijo o la hija. Y se entra para poder tomar la experiencia no sólo de la madre personal, sino de todas las antepasadas que han ido construyendo una línea de vida para llegar hasta el presente.
Una, entonces, debe realizar la milenaria tarea de trenzar y destrenzar, de tejer y destejer, las hebras de las identificaciones y la identidad propia. Con qué me quedo, quién soy, quién no soy, a quién me parezco, de quién me diferencio, de qué y cómo… Cuando una es madre, es todas las madres anteriores y una completamente única y nueva.
Esta es mi primera y más última conclusión en este territorio mágico y terrible – por qué no decirlo – de ser madre, de ser responsable durante tantos años de la vida que crece, primero dentro y luego fuera de una. Un viaje de ida, como suelo decir. Un tren del que no sé si bajamos alguna vez.
Escribí el capítulo sobre la Maternidad en el siglo XXI en varias etapas, empezando cuando todavía era el siglo XX, primero como notas personales en las cuales lograba volcar y ordenar intensos sentimientos e indelebles aprendizajes, luego como un artículo para una publicación, más tarde como la línea de pensamiento que guiara un trabajo de psicoprofilaxis para “Jóvenes Madres” y finalmente como lo que es hoy: una participación (aggiornada, por cierto) que me llena de emoción al participar en un nuevo libro de mi propia madre.
No continué teorizando sobre la maternidad, porque otros temas me ocuparon. Pero nunca dejó de ser el centro de mi experiencia cotidiana. Al releer lo escrito, me doy cuenta de que no he cambiado demasiado mi forma de pensar.
Muy especialmente sigo creyendo que la maternidad es una de las funciones más transformadoras en la vida de una mujer. Después de entrar en ella, nunca se vuelve a ser la misma. Quizás dé miedo decirlo, pero el hijo nos ama y nos odia, y nosotras también. Nos arma y nos desarma. Y nosotras también. Nos necesita y necesita espacio, y nosotras también. Nos desafía y nos obliga a pensarnos, a ser mejores, distintas, a ser creativas como para generar territorios suficientemente amplios para que pueda crecer pero no tanto como para no sentirse albergado y protegido. Alas y raíces, como se suele decir. Los hijos nos llevan a aprender sobre el amor y los límites mientras ellos aprenden. Las madres podemos ser lo mejor y lo peor al plantar los recuerdos del futuro en el corazón de nuestros hijos. Esa es – entre otras- nuestra inmensa responsabilidad.
Y también están, claro, todos nuestros goces… El placer de sus besos y abracitos, de la ternura, del amor incondicional que el hijo transmite hasta que necesita independizarse, las confidencias, los descubrimientos compartidos, las celebraciones…
Criamos a nuestros hijos y ellos nos terminan de criar también.
Mucho de esto aprendí y sigo aprendiendo con mis propias hijas, - mis grandes maestras- , mirando a mi hija menor siendo madre… Aprendí y aprendo con mis alumnas y pacientes, con mis amigas, con lo que otros enseñan a partir de su reflexión y su experiencia… Aprendo con mujeres que aman y cuidan aunque no sean madres biológicas, y también con varones, que son compañeros esenciales en el proceso de maternar. Cuando no seres maternantes ellos mismos. Mucho más de lo que suelen darse cuenta. Vivir como mujer siempre lleva implícito convivir con los hombres, hasta cuando no están físicamente presentes.
Y muy especialmente, aprendo de mi madre y con ella. Si hay algo que nosotras hemos recorrido a lo largo de tantos años de vida y muchos de trabajo conjunto, es la posibilidad de encontrarnos y desencontrarnos y volvernos a encontrar, madre e hija, seres individuales y estrechamente vinculadas, personas pensantes y sintientes, buscadoras de sentido y respuestas, siempre aprendiendo y enseñándonos, y recreando nuestro vínculo.
Como cierre, quisiera leer el final del capítulo, “a modo de conclusión no concluida”:
“No tengo un modelo para proponer respecto de la maternidad del siglo XXI. Sí tengo un sueño acerca de la Humanidad venidera. En mi sueño, las personas van a aprender a reconocer sus diferencias y sus especificidades, lo que las hacer ser lo que son, y lo que les permitirá diseñarse distintos. En mi sueño, veo a las personas comunicándose lo que van aprendiendo y abriendo espacios nuevos para descubrir juntos. En mi sueño, hombres y mujeres comprendemos que no podemos igualarnos en todo, pero podemos cooperar y encontrarnos a partir de lo que nos diferencia. Y si se cumpliera el sueño, tal vez recuperaríamos algo de la magia y el misterio de los viejos mitos, para convertir la experiencia de la procreación en una tarea de encuentro y armonía entre nosotros y con la vida misma.”
Agradezco el espacio que la vida me da para estas reflexiones y, muy especialmente ahora, este espacio para poder compartirlas.
Silvia J. Lerner
Nov. 2009
miércoles, 11 de noviembre de 2009
"La bola de oro", de B. Münchhausen, (citado por B. Hellinger)
Por mucho amor que de mi padre recibiera,
no se lo pagué, ya que de niño
no reconocía el valor del don,
y de hombre me hice igual que los hombres, y duro.
Ahora, un hijo me crece, tan bienamado
como ninguno fuera la delicia de un corazón de padre,
y yo pago lo que en su tiempo recibí
con él, que no me lo dio... ni me lo devuelve.
Pues al hacerse hombre y pensar como los hombres,
él, al igual que yo, hará su propio camino;
nostálgico pero sin envidia lo veré,
dando a mi nieto aquello que a mí me corresponde.
Lejos en la sala de los tiempos mi mirada va,
contenida y serena, observando el juego de la vida:
la bola de oro de cada cual, sonriente, pasa
y ninguno la bola de oro devolvió.
no se lo pagué, ya que de niño
no reconocía el valor del don,
y de hombre me hice igual que los hombres, y duro.
Ahora, un hijo me crece, tan bienamado
como ninguno fuera la delicia de un corazón de padre,
y yo pago lo que en su tiempo recibí
con él, que no me lo dio... ni me lo devuelve.
Pues al hacerse hombre y pensar como los hombres,
él, al igual que yo, hará su propio camino;
nostálgico pero sin envidia lo veré,
dando a mi nieto aquello que a mí me corresponde.
Lejos en la sala de los tiempos mi mirada va,
contenida y serena, observando el juego de la vida:
la bola de oro de cada cual, sonriente, pasa
y ninguno la bola de oro devolvió.
domingo, 14 de diciembre de 2008
Hablando de APRENDER...

Aprender es una función básica de la vida. Está directametne ligada a la plasticidad y, con ello, a la posibilidad de mantenerse joven. Aprender es seguir incorporando los cambios del mundo y alimenta nuestra creatividad. Tan importante para una buena salud como un cuerpo dinámico y flexible. Cuando trabajo con grupos, suelo proponerles estas
DECLARACIONES BÁSICAS PARA APRENDER:
Tengo permiso para no saber.
Tengo permiso para decir “No sé”.
Tengo permiso para no entender.
Tengo permiso para preguntar.
No tengo la obligación de entender todo.
No tengo la obligación de saber todo.
No tengo la obligación de poder todo.
PUEDO EQUIVOCARME EN PAZ
PORQUE ESTOY DISPUESTO A APRENDER.
S. J. Lerner
Tengo permiso para no saber.
Tengo permiso para decir “No sé”.
Tengo permiso para no entender.
Tengo permiso para preguntar.
No tengo la obligación de entender todo.
No tengo la obligación de saber todo.
No tengo la obligación de poder todo.
PUEDO EQUIVOCARME EN PAZ
PORQUE ESTOY DISPUESTO A APRENDER.
S. J. Lerner
sábado, 15 de noviembre de 2008
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